virgenmorbosa
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Nunca me masturbé plenamente, como las demás chicas, que quedan relajadas, saciadas, satisfechas. En cambio yo me llegué a masturbar sólo como último recurso, para drenar tensión y no poco de rabia de sentirme tan tensa y agresiva. Nunca quedé contenta con el resultado. No me lo explicaba. ¿Por qué no puedo quedar sosegada como las demás? Casi siempre me quedaba a medio camino, con rabia, sintiéndome estúpida. Y no por falta de ganas, porque siempre estaba muy excitada. Pero prefería quedarme ansiosa. Apenas tres veces alcancé el orgasmo, pero era un orgasmo breve, seco, lleno de furia, un placer requemado, marchito que me dejaba más ansiosa aún, revolcándome en la cama llorando de veneno, insatisfecha.

Era el germen de la castidad que acechaba dentro de mí. Fue en uno de esos intentos que decidí renunciar a gozar del sexo sino más bien sufrirlo. Es absurdo, pero tocarme nunca me dejó complacida, más bien lo sentí como una estupidez. Sólo la castidad de hace sentir victoriosa porque sé que soy fuerte para vencer mis deseos y permanecer inmune al alivio fácil de las relaciones sexuales o de la masturbación. El sufrimiento intenso de la frustración sexual me infunde una sensación de superioridad sobre las amigas mías que gozan eso delante de mí. Siento que no soy como ellas, que puedo resistirme y aguantar lo que ellas no pueden aguantar. No me dejo llevar por el arrebato de ser penetrada y usada, dejándome complacer por un órgano endurecido, que obviamente me estremecería con un placer musculoso y descomunal.

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Pero no quiero eso. Del sexo sólo quiero la ansiedad, las noches en vela llorando de rabia, de envidia, de rencor luego de saturar mis ojos viendo parejas revolcándose rico mientras yo permanezco apartada y ansiosa.