@virgenmorbosa
Virgen y morbosa
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2016-06-01 07:21:41
    virgenmorbosa
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    Nunca me masturbé plenamente, como las demás chicas, que quedan relajadas, saciadas, satisfechas. En cambio yo me llegué a masturbar sólo como último recurso, para drenar tensión y no poco de rabia de sentirme tan tensa y agresiva. Nunca quedé contenta con el resultado. No me lo explicaba. ¿Por qué no puedo quedar sosegada como las demás? Casi siempre me quedaba a medio camino, con rabia, sintiéndome estúpida. Y no por falta de ganas, porque siempre estaba muy excitada. Pero prefería quedarme ansiosa. Apenas tres veces alcancé el orgasmo, pero era un orgasmo breve, seco, lleno de furia, un placer requemado, marchito que me dejaba más ansiosa aún, revolcándome en la cama llorando de veneno, insatisfecha.

    Era el germen de la castidad que acechaba dentro de mí. Fue en uno de esos intentos que decidí renunciar a gozar del sexo sino más bien sufrirlo. Es absurdo, pero tocarme nunca me dejó complacida, más bien lo sentí como una estupidez. Sólo la castidad de hace sentir victoriosa porque sé que soy fuerte para vencer mis deseos y permanecer inmune al alivio fácil de las relaciones sexuales o de la masturbación. El sufrimiento intenso de la frustración sexual me infunde una sensación de superioridad sobre las amigas mías que gozan eso delante de mí. Siento que no soy como ellas, que puedo resistirme y aguantar lo que ellas no pueden aguantar. No me dejo llevar por el arrebato de ser penetrada y usada, dejándome complacer por un órgano endurecido, que obviamente me estremecería con un placer musculoso y descomunal.

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    Pero no quiero eso. Del sexo sólo quiero la ansiedad, las noches en vela llorando de rabia, de envidia, de rencor luego de saturar mis ojos viendo parejas revolcándose rico mientras yo permanezco apartada y ansiosa.

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    A veces me entra curiosidad de lo que sentiría si me masturbara. No puedo decir que la idea no me tienta, ¡me tienta mucho! ¡Eso tiene que ser delicioso! Me lo dicen las amigas que lo hacen. No puede ser de otra manera y sé que aliviaría totalmente la tensión sexual que me atormenta todo el tiempo y me relajaría, no tendría migrañas, ni insomnio, ni crisis de llanto, ni pasaría noches enteras en vela llorando de ganas, ni padecería el pésimo humor en que ando últimamente casi todo el tiempo, que me entran unas rabietas de mil demonios por negarme tercamente a aliviar mi ansiedad. Sé que lo gozaría mucho tocándome, como también gozaría mucho teniendo relaciones sexuales. Soy muy lasciva y sé que lo disfrutaría muchísimo. Pero soy seria con mi compromiso conmigo misma de castidad absoluta y perpetua. No es no y punto. Me condené a jamás tener satisfacción sexual en toda mi vida. Me aguanto lo que sea, no quiero perderme qué me dará esta loca aventura de vivir sin relaciones sexuales ni tocarme jamás jamás jamás. Sufro mucho, pero no me importa porque vivo fascinada con los resultados.

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    A menudo hago todo eso cuando estoy más urgida de gozar lo que me niego a gozar: copular. Cuando estoy sola en mi habitación grito hasta quedarme ronca. Lloro, me río histéricamente. La gente de la casa sabe lo que me pasa y no se alarma. Opinan que soy una gilipollas y tienen razón, sólo una gilipollas se empecina en no gozar jamás esa delicia y sólo verla.

    Desde este mes de agosto he decidido no ver tanto a gente follando. He estado en casa de mis padres, sometida a la férrea disciplina de mi madre, trabajando de chacha en casa, duramente, bordando, tejiendo, reunida a menudo con el club de bordadoras, en donde predominan las solteronas feas y amargadas. Me he sorprendido participando en conversaciones en que critican a alguna chica linda por sus éxitos con los hombres, tildándola de putica y otras injurias similares. Lo que me más me sorprende es que comparto la envidia con esas amargadas. Siempre andan de mal humor, agrias, impacientes, frustradas. Estoy poniéndome como ellas… Me visto como ellas, con ropas oscuras, gastadas, pasadas de moda, holgadas, ajadas, con zapatos de hombre, sin adornos. No entienden por qué soy como ellas estando tan joven y no siendo fea.

    —No soy impaciente —le dije una tarde, enigmáticamente, y no me han hecho más comentarios de ese tipo.

    Es cierto, no soy impaciente aunque a menudo siento la impaciencia de los deseos.

    Un día las muy sucias —son extremadamente obscenas en sus comentarios— hablaron de una chica «asquerosa» que se masturba.

    —Bueno —dijo una—. A veces calma…

    —Sí, es humillante, pero a veces no queda otra… —comentó otra.

    Fueron diciendo cosas así hasta que llegó mi turno. Jugué con un silencio inquietante y dije:

    —No me miren, que jamás ni nunca hago eso.

    —¡Pero..! —dijo una amenazando con una pregunta sucia.

    —Tengo mis razones… —dije.

    —¿NI una sola vez?

    —NI una…

    —¿No sientes necesidad?

    —Sí, claro, como ustedes. Soy joven y sana y me hace falta, pero no. Simplemente no. Y no quiero discutirlo, ¿sí? Es algo muy personal.

    No insistieron.

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    Me asombra que mientras más me familiarizo con el acto del amor más distante me siento de él, más me convenzo de que esa delicia no es ni será nunca para mí.

    Cada dia el sexo tiene menos misterios para mí, todo está claro, patente, conocido pero ahí está la paradoja: no hay misterio pero sí lo hay porque no tengo idea de lo que una mujer siente estando penetrada por un hombre. No puedo ni siquiera imaginar lo que siente. Sé que goza mucho, pero no cómo es ese placer. Es como explicar cómo es el rojo a un ciego de nacimiento. Me humilla tener que conformarme con comparaciones ilusas como fuegos artificiales, temblores de tierra, vértigo, una ovación de pie, que no sé cuán aptas son para describir esa sensación suprema y radicalmente desconocida.

    Mi separación de esa delicia es radical y definitiva. Siento que entre eso y yo se erige una muralla fornida, infranqueable, a prueba de los peores cañonazos de mi lujuria más enfebrecida. No importa cuán violenta sea mi  efervescencia erótica siento esa muralla invencible ante mí. Pero es más dura que un muro de argamasa porque es simbólico, abstracto, ontológico, esencial, radical, que me define como parte central de mi ser. Estoy emocional y conceptualmente incapacitada para gozar el sexo. Mi abstinencia es una fuerza formidable, suprema, absoluta, insuperable, estructural. La abstinencia sexual es parte de mi naturaleza, de mi alma, de mi definición como persona. Dejaría de ser yo si algún día llego a copular o a masturbarme siquiera.

    Siento que tengo que estar siempre sobresaltada, ansiosa, urgida, atormentada, furiosa, rabiosa, frustrada, reprimida, excluida, segregada, apartada, ignorada, histérica, llorosa, angustiada. No puedo estar de otro modo, serena, calmada. Cuando extrañamente estoy sosegada siento la urgencia de buscar excitarme de nuevo y si no miro a una pareja copulando busco un vídeo, unas fotos, algo que me vuelva a mojar y a poner ansiosa y sin alivio, que es mi estado natural. Es así como siento que soy yo, la deseosa reprimida.

    Cuando no estoy ansiosa me siento extraña, vacía, extraviada, desorientada. Entonces busco exasperarme de nuevo. Hasta la desesperación y el llanto si es posible. He desarrollado el gusto por estar histérica. Ya sé que no me va a pasar nada aparte de sufrir mucho. Me pongo como loca, rompo platos contra el suelo, grito, me revuelco furiosa en el suelo o en una cama. Salgo a caminar y a caminar por las calles a descargar la energía que no puedo descargar follando. A veces salgo a caminar bajo la lluvia para desahogar mi histeria. O me quedo en casa retorciéndome desnuda, sudorosa, gimiendo, suspirando, quemándome por dentro, sabiendo que no tendré sosiego jamás ni nunca. Eso me gusta, estar insatisfecha, insaciada, resentida, rencorosa.

    Mi tía inventó un tormento. Me quita el cinturón de castidad y me ordena masturbarme hasta llegar al borde del clímax, parar abruptamente y reponerme el cinturón. Me encanta ese momento en que me detengo y sobre todo la angustia que viene luego, retorciéndome desquiciada en la cama sin el ansiado alivio que dejé escapar. A veces viene de visita nada más a torturarme así, mientras veo a una o más parejas copulando. Lo que más me sorprende a mí misma es que en ningún caso he considerado la más remota posibilidad de continuar hasta alcanzar el orgasmo. Soy leal conmigo misma, por más deseado que sea el orgasmo siempre me detengo y me quedo frustrada, fúrica, llorando a gritos, atormentada. Y siento una gran inspiración cuando oigo el clic del cinturón de castidad cerrándose y protegiéndome del placer, sabiendo que ya, haga lo que haga, no podré sentir el ansiado alivio.

    Me encanta salir a la calle ansiosa y reprimida, vestida con un traje anticuado, que la gente piense que soy inapetente, que no siento deseos de tener relaciones sexuales. Ese contraste me fascina, que me crean frígida cuando debajo de la falda soy una ebullición delirante.

    Lo único que sé que me va a producir la histeria sexual es insomnio, rabietas, crisis de ira y de llanto, migrañas… Hacer locuras como caminar de rodillas por toda la casa, arrancar la grama con mis manos y comérmela, caerle a palos a algo, derribar una pared con un mazo y volverla a erigir como «castigo», ofender a una amiga gritándole los peores insultos —como saben mi martirio no me lo reprochan. Más bien tratan de consolarme cuando se me pasa la crisis y me quedo sentada en una silla, sudando y resoplando, agotada. También me entran afanes de limpieza, limpio la casa varias veces, plancho la ropa ya planchada. Salgo a veces a trotar o me llevo una maleta pesada sin rueditas… O me emborracho. Me voy a un gimnasio a agotarme en una caminadora. Me doy largas duchas frías. Hago strip-teases para mis amistades. O danza de tubo en algún bar de amigos, hasta caer extenuada.

    No sólo salí trasquilada a la calle sino vestida ridículamente… Eso complementa mi condición de mujer reprimida y sin satisfacción sexual. Y encima bufa, mamarracha, payasa, risible. Masoquista…

    Salí mal combinada, mal maquillada y el cabello todo trasquilado. Eso es lo que soy, una mujer grotesca. Mientras mis amigas sacian sus ardores sexuales delante de mí sin el menor remilgo por mi total insatisfacción erótica, divirtiéndose de verme llorar frustrada.

    Creo que ya empecé a volverme loca con la falta total de sexo. De repente sin siquiera mirarme al espejo cogí un tijera y me di unos tijeretazos en el cabello. Cuando finalmente me vi me dio susto la loca que estaba en el espejo. Fue un impulso repentino, irresistible, cosas de loca. Y así decidí quedarme, al menos por unos días, quiero verme así, como una demente. Así mismo saldré a la calle.

    ¿Voy a terminar loca por falta de alivio sexual? No sé, no me importa…

    Sigo con mis rabietas, mis crisis de llanto, de risa, mis insomnios, mis arranques como éste de trasquilarme, de dormir desnuda tirada en el suelo en cualquier parte. Desde que estoy en esto de la castidad me han aparecido comportamientos desquiciados así. Me da por lavar los platos cuando ya estaban lavados. Repito tareas una y otra vez inútilmente. Salgo a caminar bajo la lluvia. O a caminar para fatigarme, simplemente. Me meto en edificios sólo para subir las escaleras hasta quedar agotada. Supongo que es un modo de descargar energía contenida. Pero no estoy segura porque esos ejercicios no me calman los deseos, que siguen ahí como un gendarme que me persigue incansable.

    Bueno, así fea como ando no corro el riesgo de que un galán me quiera seducir… La fealdad no es garantía de virginidad, pero ayuda…

    jjunymuustardd

    Guy Bourdin.

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    Una de las cosas que más me arrebatan de mi castidad es cuando como sirvienta me toca asistir a una chica a engalanarse para conseguir quien se la folle. La visto, la acicalo, la maquillo, la perfumo, mojándome sólo con la idea de que encontrará quien la quiera revolcar. Le sirvo de choferesa esperándola pacientemente fuera del local de ligue, vestida de mucama. El varón me ignora como se ignora a la servidumbre, además, mis uniformes son bien poco inspiradores.

    Y la espero impaciente, inquieta. Y es la gloria cuando al fin llegan y los veo revolcándose luego de servirles tragos o una cena, apartada, ignorada, despreciada.

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    Me arrebata ver cómo él le va quitando las ropas que le puse, le deshace el peinado que le hice y el maquillaje que le apliqué ilusionada con su éxito con algún varón. Y verlo entusiasmado con la belleza de la chica, con la que humildemente contribuí. Eso me excita sobremanera. Lo hago todo con mucho amor, sin envidia, sin rencor por no poder gozar como ella. Más bien me llena de alegría verla gozar lo que me tengo vedado para siempre jamás.

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    Cuando los veo al fin follando me derrito de alegría y amor por los dos. Y cuando al fin estallan en orgasmos yo también estallo de regocijo, arrebatada de contento por haber contribuido a ese placer.

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    Las chicas quedan agradecidas y quieren siempre que las acicale porque dicen que les doy suerte con los varones. Y me atribuyen sus fracasos, me vituperan, me insultan… En fin, prefiero cargar yo con la responsabilidad del fracaso con tal de que su autoestima no se empañe. Pero eso no me hace perder la ilusión de ayudar al placer ajeno, que es mi placer porque gozo mucho viendo a otros gozar lo que nunca sentiré.

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    Me esmero con los detalles, calculando efectos. A veces yo misma hago los trajes, elijo los tacones, la ropa interior bien inspiradora de incitaciones y provocaciones. Cuando el hombre le quita la ropa interior, esa última defensa de la mujer, siento un tremendo escalofrío en todo mi cuerpo, como si me la quitase a mí. Y cuando la penetra siento que simbólicamente me penetra a mí también, aunque sé que nunca ni jamás me pasará porque estoy decidida a que no pase porque resolví que mi vida no es de placer sino de servidumbre.

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    Y si el hombre hace gozar mucho a mi amiga me pongo histérica de deseos y de alegría. Y entonces casi siempre paso la noche entera sufriendo y llorando desesperada de deseos.

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    Me encanta ser chacha de libertinas que gozan mucho en la cama, las adoro, las admiro, me llena de gloria servirles de criada para ayudarlas a gozar más de lo que ya gozan. Me hace muy feliz ser su sirvienta aunque me haga sufrir verlas gozar.

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    Mientras más desvergonzadas son más amo servirlas. Amo a las mujeres descaradas, desfachatadas, depravadas, ociosas, lúbricas, que se animan a cualquier cosa, que no se contentan con la cópula rutinaria, que buscan más, que no se sacian fácilmente.

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    Las que se excitan con cosquillas, por ejemplo. Me gusta servirlas porque son las que gozan más y más me despiertan los deseos reprimidos. Mientras más locas mejor. A veces no vienen con un hombre sino con dos. O con una pareja. O con una mujer. Y si no logran ligar a nadie no les importa porque se lanzan a masturbarse delante de mí, desquiciadas de ardor. ¡Las amo! Tengo varias amigas así…

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    Al día siguiente si estamos solas, mientras le sirvo el desayuno, comentamos lo que hicieron, cómo se lo levantó, qué le gustó más que le hiciera. O sus decepciones, si el tipo es rutinario o padece eyaculación precoz o no la excita bien y la penetra antes de estar bien excitada.

    —Tuviste pocos orgasmos anoche, creo ese tío no te encendió mucho.

    —No, me quiso gozar antes de tiempo. En fin, al final lo dejé porque me di cuenta de que no valía la pena ponerme de mal humor.

    —Por eso te masturbaste después —le digo—. Me encanta verte masturbarte pero no porque un tío te folla mal. Me pone triste ver que te tocas con rabia. Me excitó verte gozar, pero no tanto como otras veces. Detesto cuando gozan mal a mis amigas. Me encanta cuando te goza X* porque te hace gritar…

    —Sí, X* me saca unos orgasmos como para publicarlos en los noticieros.

    —Ese tío me encanta porque te folla como te gusta. Ése sí me pone a llorar de deseos.

    —Loca, eres una loca de no querer follar. ¿Cómo puedes preferir pasar la noche llorando de ganas?

    —Sí, soy una loquita… Mi placer es el placer ajeno. Gozo mucho viendo a la gente gozar. Es maravilloso. El tío de anoche era tan aburrido que me fui a dormir ¡y me dormí! Tan poco excitada estaba que me dormí. No me puedo quedar para servirte el almuerzo, me levanté temprano para preparártelo porque tengo que ir a casa de los Y*, que tienen fiesta esta noche.

    —¿Con orgía?

    —No sé, ojalá porque me encantan las orgías.

    —Lloras como una Magdalena en las orgías.

    —¿Cómo no voy a llorar viendo todo eso sin participar?

    —No participas por gilipollas.

    —Sí, pero no lo voy a discutir, no lo entenderías. Yo me entiendo a mi manera, aunque a veces me pregunto por qué hago esto, sólo sé que es una decisión firme y definitiva. No voy a copular ni masturbarme nunca en toda mi vida. No sé por qué pero así lo decidí y cada día soy más firme con mi castidad.

    —Está bien, no discutamos. ¿Ya te vas?

    —No, todavía no.

    —Bueno entonces busca en mi bolso un vídeo que compré anoche, para masturbarme rico.

    —¡Sí, amiga! Sabes cuánto me gusta verte masturbándote.

    —Y mira tú también el vídeo, para que sufras.

    —Malvada, de verdad sufro viendo esas cosas. Tú gozas y yo lloro. Si supieras la felicidad que me causa verte saciada después.

    —Yo sé, ¿por qué crees que me voy a masturbar delante de ti? Parece un vídeo bueno, vi un trozo en la tienda y se ve bien excitante. Vas a llorar, te lo aseguro. Ponlo.

    —Sí, ya.

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    Así duermo casi siempre, alterada, agitada, despertándome cada tanto con la falta total y permanente de placer sexual. Eso me causa insomnios, crisis de llanto, de rabia. Me doy una ducha bien fría buscando un poco de sosiego. No logro mucho con eso, porque el único sosiego me lo daría que me follaran y causaran varios orgasmos. Pero eso está completa y radicalmente descartado para siempre. Sólo cuando estoy desbaratada de extenuación logro dormir una noche entera.