@virgenmorbosa
Virgen y morbosa
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2016-06-01 07:21:41
    amarnamiller

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    virgenmorbosa

    I hate that she enjoys those toys and I don’t! Never never never!

    ¡Odio que ella goce esos juguetes y yo no! ¡Nunca nunca nunca!

    Cada día valoro, admiro y reverencio más y más el acto sexual. No hay imagen en el mundo que me cause mayor devoción. Ello se debe a la familiaridad íntima que tengo con eso, presenciándolo de tan cerca todos los días, batallando tan reciamente con mis deseos a fin de no sucumbir a la tentación de entregarme a un placer tan magnífico y mantenerme virgen y casta para siempre, sin jamás conocer el fondo de ese prodigio.

    Quiero permanecer total y definitivamente apartada de esa delicia.

    Ese momento sagrado en que una mujer siente que penetran en su intimidad tiene que ser delicioso, poético, transformador, estruendoso, épico, asombroso. No lo sé porque jamás he sentido esa delicia, pero debo suponerlo por los gestos que hacen las chicas en ese instante maravilloso, hermoso. Y por mi intenso deseo de gozarlo y saborearlo con mi vagina, porque necesito gozarlo, me hace mal no gozarlo, pero soy una empecinada, no me importa el sufrimiento, los insomnios, las crisis de llanto, las crisis de nervios, las burlas de mis amistades. Estoy obstinada en vivir mi vida entera sin sentir eso jamás ni nunca. Pasarme la vida completa sólo viendo, mirando, admirando, envidiando eso pero sin sentirlo, que permanezca para mí como un misterio inalcanzable, mitológico, como una incógnita, quiero sentirme excluida, exceptuada, segregada, apartada, marginada, perfecta.

    Veo a la gente haciendo eso y me quedo sobresaltada, excitada, mojada, anhelante, morbosa. Horas y horas saturándome de esa visión magnífica pero sin saber ni una pizca de lo que una mujer siente cuando es penetrada como la chica de la la bella imagen. Quiero que para mí esa imagen permanezca como algo increíble, fantástico, fabuloso, ficticio, irreal. Me encanta no haber sentido jamás lo que esa chica está sintiendo y más me fascina saber que nunca lo gozaré en toda mi vida, que permaneceré sobresaltada, enardecida, ansiosa y sin saber de qué va eso para una mujer.

    No es que no me guste, ¡por supuesto que me gusta! No hay nada que me guste y desee más. Pero quiero vivirlo de lejos, separada, retirada, mirando solamente, como una tonta.

    Últimamente he estado enfocándome en el momento mágico en que ocurre la primera penetración, sobre todo cuando la chica está muy excitada y ¡por fin! ocurre la maravilla, cómo suspira, cómo cierra los ojos, cómo se muerde los labios, cómo se retuerce, los mil gestos de fruición que hace una hembra cuando siente que un miembro viril invade su intimidad, viola su pudor, su recato, desatada de deseos a tal punto que ya no le importa que profanen su decoro.

    Cuando presencio ese milagro yo también estoy enfurecida de ganas, deseo sentir eso pero ese deseo forma parte de mi juego de negarme esa delicia suprema. Es cuando caigo de rodillas, a veces, en adoración de lo que mi amiga está sintiendo sin saber qué es, decidida a que eso siga siendo para mí un mito inalcanzable, una quimera, una fantasía, un ensueño hermoso pero inaccesible para mí, sentirme bloqueada, cercada, obstruida, discriminada, segregada. Y es por eso precisamente que caigo de rodillas adorando lo radicalmente desconocido y me arroba saber que nunca lo voy a conocer, que será siempre sagrado, ininteligible para mí. Quiero siempre saber que nunca sentiré eso. Me encanta calentarme al rojo vivo, ponerme histérica de ardor sexual para nada, para no sentir nada salvo la ansiedad. Me embelesa estar ansiosa para nada, segura de que no voy a saciar mis deseos, que voy a permanecer ansiosa, que jamás sentiré alivio a mi histeria sexual. Me encanta el momento justo en que rompo a llorar frustrada, reprimida, radicalmente relegada, ignorada, olvidada, frustrada.

    Pero también me encanta que un hombre me magree hasta dejarme enloquecida, turbulenta, desquiciada, atormentada, furiosa, sobre todo si se va de inmediato a gozar con otra delante de mí. Me fascina ese momento de expulsión de ese ansiado placer. Quedarme sola mientras otra goza lo que estoy segurísima de que nunca ni jamás gozaré en toda mi vida. Permanecer intacta, intransitada, jamás hollada, que nunca un pene pase por mi vagina, que mi entrada permanezca inexplorada, como una selva virgen, como un pasadizo tan secreto que nadie lo halla, ni yo misma. Me encanta no poder nunca tocar mi sexo. Voy cada tantos días a casa de mi madre para una higiene a fondo, pero no la hago yo. Ella abre mi cinturón de castidad y ella misma me lava, no me deja tocarme ni un instante. Usa una ducha bien fría para evitarme el placer maravilloso —algunas se masturban con una ducha, pero tibia y por largo rato. Lo mío es un flash de frío nada más. Mi madre está fascinada con mi castidad tanto como yo. Me dice cosas como:

    —Estás ansiosa, ¿verdad? Apenas te toco saltas como una liebre perseguida… Pero nada de placer, ¿eh? Mi niña debe permanecer intacta, insaciada, reprimida. Tan bella… La decisión de permanecer casta te ha embellecido.

    Me seca ella misma, me pone talco y me repone el cinturón. Me besa el sexo jamás penetrado. Me trata como una niñita. El clic del candado me da escalofrío porque sé que ya no podré masturbarme. ¡Es que me encanta no masturbarme nunca! Hallo delicioso no masturbarme cuando estoy más enardecida de deseos. Entonces froto el cinturón para sentir que no siento. Me encanta la sensación de no sentir, de saber que me quedaré insaciada, insatisfecha, disgustada, resentida, reprimida, amargada y envidiosa. Porque soy envidiosa, envidio como loca a las chicas que veo gozando. Pero al mismo tiempo quiero permanecer casta, ignorante de esa experiencia vívida y que obviamente debe ser asombrosa. Y algunas gozan atizándome, burlándose de mi pureza. Mi amiga entra a la cocina desnuda y comenta odiosa:

    —Huy, qué rico es amanecer cogida, saciada, satisfecha, chica. Uf. No sabes lo que te estás perdiendo.

    —Claro que lo sé —digo a la defensiva.

    —Claro que no sabes, boba. Si no te han follado no sabes…

    —Pero sé lo que es estar ansiosa —vuelvo a defenderme, sabiendo que voy a perder la discusión.

    —Es lo único que sabes de follar: quedarte llorando con la ganas locas. Anoche te oí llorando después de vernos gozar. Qué loca, qué tonta. Prepárame un café mientras me hago una pajita para darte más envidia. ¿Puedo?

    —Claro que puedes, además me encanta verte gozar eso.

    Le sirvo el café y me pongo de rodillas a mirarla masturbarse, examinando cada gesto de placer.

    —Dame tu manita, para que toques a una mujer gozando. Es lo único que puedes sentir del sexo.

    Me aprieta la mano y siento su corrientazo de placer cuando acaba y lanza un gemido largo de placer. Yo me quedo temblando de ganas.

    —Colecciono orgasmos. No sólo follo rico sino que también me toco, ¿ves? Eres una tonta.

    —Sí, soy una tonta —admito, sabiendo ya perdida la discusión.

    En eso llega mi amigo su macho con una enorme erección y termina montando a la chica a horcajadas, penetrada y se van a la sala a terminar la operación en un sofá. Me quedo asomada a la puerta, fascinada y de rodillas de verlos gozar con furia, enfurecida de deseos. Soy la chacha casta de la casa… Son mis mejores amigos y soy su chacha casta, feliz de ser lo que quiero ser.