@virgenmorbosa
Virgen y morbosa
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2016-06-01 07:21:41
    saloandseverine

    More, Barbet Schroeder, 1969

    virgenmorbosa

    A menudo hago todo eso cuando estoy más urgida de gozar lo que me niego a gozar: copular. Cuando estoy sola en mi habitación grito hasta quedarme ronca. Lloro, me río histéricamente. La gente de la casa sabe lo que me pasa y no se alarma. Opinan que soy una gilipollas y tienen razón, sólo una gilipollas se empecina en no gozar jamás esa delicia y sólo verla.

    Desde este mes de agosto he decidido no ver tanto a gente follando. He estado en casa de mis padres, sometida a la férrea disciplina de mi madre, trabajando de chacha en casa, duramente, bordando, tejiendo, reunida a menudo con el club de bordadoras, en donde predominan las solteronas feas y amargadas. Me he sorprendido participando en conversaciones en que critican a alguna chica linda por sus éxitos con los hombres, tildándola de putica y otras injurias similares. Lo que me más me sorprende es que comparto la envidia con esas amargadas. Siempre andan de mal humor, agrias, impacientes, frustradas. Estoy poniéndome como ellas… Me visto como ellas, con ropas oscuras, gastadas, pasadas de moda, holgadas, ajadas, con zapatos de hombre, sin adornos. No entienden por qué soy como ellas estando tan joven y no siendo fea.

    —No soy impaciente —le dije una tarde, enigmáticamente, y no me han hecho más comentarios de ese tipo.

    Es cierto, no soy impaciente aunque a menudo siento la impaciencia de los deseos.

    Un día las muy sucias —son extremadamente obscenas en sus comentarios— hablaron de una chica «asquerosa» que se masturba.

    —Bueno —dijo una—. A veces calma…

    —Sí, es humillante, pero a veces no queda otra… —comentó otra.

    Fueron diciendo cosas así hasta que llegó mi turno. Jugué con un silencio inquietante y dije:

    —No me miren, que jamás ni nunca hago eso.

    —¡Pero..! —dijo una amenazando con una pregunta sucia.

    —Tengo mis razones… —dije.

    —¿NI una sola vez?

    —NI una…

    —¿No sientes necesidad?

    —Sí, claro, como ustedes. Soy joven y sana y me hace falta, pero no. Simplemente no. Y no quiero discutirlo, ¿sí? Es algo muy personal.

    No insistieron.

    Cuando estoy sin mi cinturón de castidad

    Cuando mi madre me quita el cinturón de castidad para lavarme (nunca lo hago yo) me siento incómoda, desamparada, insegura, expuesta, asustada. Quiero que la limpieza dure lo menos posible para volver a tener puesto mi cinturón.

    Además, me siento bella con él encima. Es bello y me embellece. Me hace sentir segura, confiada, cómoda, protegida de mí misma, de que si alguna vez me pongo demasiado histérica con los deseos no voy a sucumbir a dejarme penetrar por un hombre. Encerrada por mi cinturón me hace sentir segura de no cometer una estupidez cuando me viene la desesperación.

    No poder tocarme nunca es esencial para mí, no sólo no tener relaciones sexuales nunca ni jamás. Eso es estar y vivir reprimida.

    Me ayuda a madurar en mi castidad al sentir que no puedo, ni que quisiera —que no quiero—, tener relaciones sexuales ni masturbarme. Ese no poder es maravilloso. No quiero alivio sexual, nunca, pero no poder es una sensación estupenda. Me encanta sentir que no puedo, que no tengo la menor posibilidad de ser penetrada ni de masturbarme.

    He hecho —para probar solamente— mil intentos de masturbarme y es imposible. No hay modo. Sólo consigo quedarme frustrada y defraudada, furiosa, llorando ansiosa como una tonta. No me importa porque es sexualmente frustrada como quiero vivir mi vida entera, además, esos fracasos me dan la plena y definitiva seguridad y certidumbre de que viviré impedida de esa delicia para siempre, siempre, siempre. Es maravilloso saber que nunca, nunca, nunca voy a gozar esa exquisitez.