@virgenmorbosa
Virgen y morbosa
Posts
204
Last update
2016-06-01 07:21:41
    virgenmorbosa
    image

    Nunca me masturbé plenamente, como las demás chicas, que quedan relajadas, saciadas, satisfechas. En cambio yo me llegué a masturbar sólo como último recurso, para drenar tensión y no poco de rabia de sentirme tan tensa y agresiva. Nunca quedé contenta con el resultado. No me lo explicaba. ¿Por qué no puedo quedar sosegada como las demás? Casi siempre me quedaba a medio camino, con rabia, sintiéndome estúpida. Y no por falta de ganas, porque siempre estaba muy excitada. Pero prefería quedarme ansiosa. Apenas tres veces alcancé el orgasmo, pero era un orgasmo breve, seco, lleno de furia, un placer requemado, marchito que me dejaba más ansiosa aún, revolcándome en la cama llorando de veneno, insatisfecha.

    Era el germen de la castidad que acechaba dentro de mí. Fue en uno de esos intentos que decidí renunciar a gozar del sexo sino más bien sufrirlo. Es absurdo, pero tocarme nunca me dejó complacida, más bien lo sentí como una estupidez. Sólo la castidad de hace sentir victoriosa porque sé que soy fuerte para vencer mis deseos y permanecer inmune al alivio fácil de las relaciones sexuales o de la masturbación. El sufrimiento intenso de la frustración sexual me infunde una sensación de superioridad sobre las amigas mías que gozan eso delante de mí. Siento que no soy como ellas, que puedo resistirme y aguantar lo que ellas no pueden aguantar. No me dejo llevar por el arrebato de ser penetrada y usada, dejándome complacer por un órgano endurecido, que obviamente me estremecería con un placer musculoso y descomunal.

    image

    Pero no quiero eso. Del sexo sólo quiero la ansiedad, las noches en vela llorando de rabia, de envidia, de rencor luego de saturar mis ojos viendo parejas revolcándose rico mientras yo permanezco apartada y ansiosa.

    saloandseverine

    More, Barbet Schroeder, 1969

    virgenmorbosa

    A menudo hago todo eso cuando estoy más urgida de gozar lo que me niego a gozar: copular. Cuando estoy sola en mi habitación grito hasta quedarme ronca. Lloro, me río histéricamente. La gente de la casa sabe lo que me pasa y no se alarma. Opinan que soy una gilipollas y tienen razón, sólo una gilipollas se empecina en no gozar jamás esa delicia y sólo verla.

    Desde este mes de agosto he decidido no ver tanto a gente follando. He estado en casa de mis padres, sometida a la férrea disciplina de mi madre, trabajando de chacha en casa, duramente, bordando, tejiendo, reunida a menudo con el club de bordadoras, en donde predominan las solteronas feas y amargadas. Me he sorprendido participando en conversaciones en que critican a alguna chica linda por sus éxitos con los hombres, tildándola de putica y otras injurias similares. Lo que me más me sorprende es que comparto la envidia con esas amargadas. Siempre andan de mal humor, agrias, impacientes, frustradas. Estoy poniéndome como ellas… Me visto como ellas, con ropas oscuras, gastadas, pasadas de moda, holgadas, ajadas, con zapatos de hombre, sin adornos. No entienden por qué soy como ellas estando tan joven y no siendo fea.

    —No soy impaciente —le dije una tarde, enigmáticamente, y no me han hecho más comentarios de ese tipo.

    Es cierto, no soy impaciente aunque a menudo siento la impaciencia de los deseos.

    Un día las muy sucias —son extremadamente obscenas en sus comentarios— hablaron de una chica «asquerosa» que se masturba.

    —Bueno —dijo una—. A veces calma…

    —Sí, es humillante, pero a veces no queda otra… —comentó otra.

    Fueron diciendo cosas así hasta que llegó mi turno. Jugué con un silencio inquietante y dije:

    —No me miren, que jamás ni nunca hago eso.

    —¡Pero..! —dijo una amenazando con una pregunta sucia.

    —Tengo mis razones… —dije.

    —¿NI una sola vez?

    —NI una…

    —¿No sientes necesidad?

    —Sí, claro, como ustedes. Soy joven y sana y me hace falta, pero no. Simplemente no. Y no quiero discutirlo, ¿sí? Es algo muy personal.

    No insistieron.