@virgenmorbosa
Virgen y morbosa
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2016-06-01 07:21:41
    teensparadisefan

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    virgenmorbosa

    A veces me entra curiosidad de lo que sentiría si me masturbara. No puedo decir que la idea no me tienta, ¡me tienta mucho! ¡Eso tiene que ser delicioso! Me lo dicen las amigas que lo hacen. No puede ser de otra manera y sé que aliviaría totalmente la tensión sexual que me atormenta todo el tiempo y me relajaría, no tendría migrañas, ni insomnio, ni crisis de llanto, ni pasaría noches enteras en vela llorando de ganas, ni padecería el pésimo humor en que ando últimamente casi todo el tiempo, que me entran unas rabietas de mil demonios por negarme tercamente a aliviar mi ansiedad. Sé que lo gozaría mucho tocándome, como también gozaría mucho teniendo relaciones sexuales. Soy muy lasciva y sé que lo disfrutaría muchísimo. Pero soy seria con mi compromiso conmigo misma de castidad absoluta y perpetua. No es no y punto. Me condené a jamás tener satisfacción sexual en toda mi vida. Me aguanto lo que sea, no quiero perderme qué me dará esta loca aventura de vivir sin relaciones sexuales ni tocarme jamás jamás jamás. Sufro mucho, pero no me importa porque vivo fascinada con los resultados.

    ¡Cómo me gusta el sexo!

    Mientras más miro a mis amigos follando y mientras más me desespero reprimida, más me gusta el sexo, me fascina, me embelesa. Y más me intriga lo que yo sentiría penetrada por un hombre. Apeas he gozado la masturbación y casi que ni eso porque nunca lo hice a mis anchas, sino apuradita y con rabia por la ansiedad.

    Y mientras más me desesperan las ganas más firme me pongo en negarme esa delicia que tanto admiro y venero, como una devota, de rodillas ante las parejas que follan delante de mí, llorando arrobada de reverencia ante tanta hermosura.

    Me gusta todo, desde los primeros escarceos de seducción hasta la consumación del acto sexual. He sido cortejada, he sido magreada, así que sé lo que es eso. Sólo me falta ser penetrada por un hombre. Me fascina la idea, pero más me fascina la idea de que eso no ocurra nunca.

    Me pone loquita quedarme tiritando de deseos, llorando apartada, desdeñada, ignorada, amargada, resentida, con el rencor de saber que jamás jamás jamás voy a saciar mis apetitos.

    Soy joven, pero ya me siento una solterona ansiosa, envidiosa y odiosa. Mientras más pasan los días sin alivio más antipática me vuelvo, neurótica, áspera, chocante, sobre todo con las jovencitas saciadas. Cada día las odio más. Y más quiero vivir reprimida. Mientras más me gusta y me excita el sexo más reprimida quiero vivir mi vida entera.

    Indiferencia

    Mis amigos no han parado de follar desde el viernes. Hoy es lunes de carnaval y no paran.

    Ya les importa un comino verme llorar reprimida y atormentada. Sólo les interesa pedirme una cerveza, que les cocine y sirva la comida, que recoja la reguera que dejan. Soy la sirvienta. Ando entre ellos uniformada y descalza… Y ardiendo mojada hasta las rodillas.

    A veces alguno o alguna me abraza para tratar de confortarme. Pero no paran de follar delante de mí sin importarles lo que me hagan sufrir.

    A veces me voy a la calle a llorar desesperada. O me doy una larga ducha fría. O salgo a caminar tratando de despejarme. O me encierro a llorar en mi habitación. Nada de eso me calma completamente pero me ayuda a sobrellevar esta abstinencia loca en que me metí por desquiciada.

    Yo sabía que este carnaval iba a ser un tormento. He tenido migrañas agotadoras, rabietas, insomnios, de todo. Pero sobre todo llanto.

    He estado a punto de huir a casa de mis padres, pero no. Debo ser valiente y asumir mi virginidad y mi castidad con coraje.

    A veces me pongo furiosa de verdad.

    Pero es mi vida. No tengo ni quiero otra.

    virgenmorbosa

    Hay parejas que miro follar con quienes me identifico más que con otras. Las que follan como ésta me encantan y, por supuesto, me excitan muchísimo. Eso me hace sufrir horrores porque no puedo gozar como ellos y por tanto me es imposible aliviar mi lujuria, pero me contentan porque me simpatizan, me hacen llorar de furor sexual, pero me caen retebién y eso me consuela.

    Entonces me desahogo deslomándome para servirles, cocinarles, lavar sus platos, fregar sus pisos. Eso no me alivia la tensión sexual, pero me ayuda a aguantar la locura de deseos que me provocan.

    Saturación

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    Tanto y tanto mirar, mirar y sólo mirar estas cosas, sin gozarlas jamás, me satura de sexo, de deseos, de locura. No sentir placer sexual jamás pero desearlo intensamente me produce un estado de delirio perpetuo. A veces no puedo sino pensar ideas sexuales sin poderme concentrar en nada más. Las crisis de rabia y llanto se me hacen cada vez más frecuentes, el mal humor, la amargura, el rencor, la envidia, el odio hacia las que gozan esa maravilla que tanto y tanto admiro. Es la actividad humana que más celebro, no hay otra mejor ni más bella.

    Casi un mes ya…

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    virgenloquita@hotmail.com

    Ya llevo casi un mes en esta sexualidad sin sexo. Desde el 25 de julio de 2014 (hoy es 22 de agosto) y siento que es ya toda una vida. Es paradójico: nunca estuve más penetrada de sexo que en este berretín de no tener sexo. En primer lugar los deseos digamos que normales se me han exacerbado. Desde que decidí (¿decidí?) no follar ni tocarme nunca más en mi vida ando con un alboroto de deseos que nunca me conocí. Nerviosa, inquieta, asustada, deliciosa. Porque es delicioso esto, pero no de la delicia habitual de desear un dulce y comerlo, sino de quedarme mirándolo en la vitrina sintiéndome como una gansa porque nada me impide entrar a la pastelería, comprarlo y comerlo. Pero elijo quedarme ante la vidriera deliberadamente sin comerlo, sólo deseándolo, como una bobalicona. Así veo a los varones apetitosos por la calle: los deseo y me lo susurro sólo para mí: «Este delicioso macho tampoco me va a penetrar». Me gusta oírme decir eso. Y cosas procaces: «Ese machazo no me va a reventar los ovarios». Esas frases me excitan muchísimo.

    Siento miedo. ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Qué es lo correcto? ¿Hay algo correcto en la conducta humana? ¿No es una locura quedarme virgen pudiendo no hacerlo? ¿Podré cumplir con el cometido? ¿No llegaré a un punto de reventar y entregarme al primero que venga con ánimo de follarme?

    Otra paradoja: cada vez siento más impaciencia sexual pero al mismo tiempo cada vez me parece que ser virgen es lo que me cuadra, lo mío, lo que es, lo exclusivo y distintivo de esta muchachita loquita que voy siendo. Me gusta, me encanta, me fascina ser virgen. Me siento especial, distinta, distinguida, sabrosita. Es tan delicioso tenderme desnuda en la cama rechinando de deseos y… no tocarme. Y entonces retorcerme, revolcarme sin esperanza de alivio porque estoy segurísima de que no me voy a tocar. Suena extraño, pero es delicioso. Me da miedo tocarme y caer en la mediocridad de saciar mi ansiedad. No, yo soy distinta, particular, no incurro en esa obviedad, yo llevo la contraria, yo soy insumisa y no me avengo a el reclamo de mi constitución erótica, que me impele a masturbarme, que sería lo obvio, lo evidente. Pero yo no soy así, yo soy refinada y sobresaliente y me quedo crujiendo de deseos, insatisfecha, insaciada, reprimida.

    Anoche estuve de nuevo con la pareja que folla para mí. Me senté en un cómodo sillón que tienen en la alcoba y arrellanada los vi copular todo lo que les dio la gana follar. Me concentré y no fumé, no caminé impaciente por el salón, no salí exasperada al balcón a coger aire. Estaba asombrosamente deseosa, pero pude quedarme serena, bien reprimida, derechita, con las piernas junticas, sin cruzarlas, sin moverme, casi sin espabilar, examinando cómo la ola de deseos se batía por todo mi cuerpo, pero quietecita, casi sin respirar. Les pedí que me ignorasen, que hiciesen como si ahí no hubiera nadie. Finalmente los contemplé laxos, relajados después del jaleo y esperé a que se quedasen dormidos, siempre tiritando de deseos. Me levanté en vilo de mí misma, girando como una zaranda de deseos y me fui al hotel, donde me desnudé, caí en la cama y pasé un rato restallando de ansiedad, pero gozando mi frustración. Era tan rico sentirme ansiosa sin poderme masturbar…

    La pareja está fascinada con mi proyecto de vida. Les parece loco, les parece extravagante, les parece estrafalario, delirante, desquiciado. Lo es, claro. No discuto eso. No discuto con la verdad. Pero ése no es para mí el punto, les traté de explicar. No quiero quedarme en la mera irregularidad de desear follar y no follar. Claro que es un disparate, eso es obvio, y por eso mismo no lo pienso discutir, porque mi punto no es ése. Es un tema que no me interesa para nada, voy contra la verdad, contra la lógica común, contra la naturaleza. Eso no me interesa ni un comino. No sé muy bien por qué, pero estoy segurísima de que eso es lo que quiero, es así como quiero vivir mi vida: deseando follar y no follar jamás. Será divertido en el peor de los casos. Pero también será eminente, excelso, glorioso. En este mes me he vuelto lasciva como nunca fui, jamás sentí tantos deseos como en este mes de falta total de alivio sexual. El cuerpo me grita y batallo desesperada para mantenerme herméticamente reprimida. Claro que soy una mujer reprimida. ¿Y qué? Yo quiero ser una mujer reprimida. ¿No tengo derecho? ¿Hay alguna ley que me lo prohíba? Me da la gana y punto.

    Sí, sufro mucho, esto me hace sufrir mucho. Me asusta. Me hace sentir agitada, intranquila, rabiosa a ratos. A veces me despierto en las madrugadas sobresaltada y llorando con sueños eróticos que me demandan tocarme. No duermo tranquila. Pero también siento que los deseos se han ido apelmazando y ya no me queman tanto. Me queman, como anoche mirando angustiada a la pareja follando delante de mí. Pero aun en esos momentos de trastorno máximo siento que no me voy a desordenar, que me mantendré firme en mi decisión de permanecer casta.

    Firmeza es una palabra clave. Siento firmeza, entereza, valor. Me siento valiente con esta locura. Llevo ya más de un mes sin sentir orgasmos y siento que fue así siempre, es curioso pero cada vez recuerdo menos los orgasmos. Y siento que estar reprimida es lo natural, lo normal, lo que debe ser. Virginidad y castidad sin pacatería. No soy nada pacata, nunca lo fui. Para mí el sexo fue siempre algo natural y bello. Pero llegada a la edad en que habitualmente se pierde la virginidad, pues decidí quedarme virgen. Eso me hace sentir especial, individual, singular, importante, meritoria, noble. No es cuestión de moral ni de honestidad y esas tonterías. Es algo superior, digno, elevado, sublime, exquisito, un manjar suculento que degusto lentamente. Quiero saber cómo evoluciona mi carácter y cómo se pone mi cuerpo por no sentir orgasmos jamás.

    Aún no tomo la Decisión Definitiva de vivir sin actividad sexual, pero me siento como si lo hubiese decidido ya. Simplemente no puedo concebirme revolcándome desnuda con nadie. No me va. No me encaja. No puede ser. No es para mí. No lo concibo para mí sino para los demás.

    Al mismo tiempo —más paradojas— he estado empapándome de información sobre sexo. Leo textos desde medicina hasta simples explotaciones del apetito, pornografía, literatura erótica. He leído algunas novelas eróticas clásicas. Pero, aunque lo deseo intensamente, siento todo eso cada vez más lejano, más ajeno, más extraño. Cada vez estoy más convencida de que follar no es para mí. Y de que no soy para follar. Que no nací para follar ni masturbarme. No nací para sentir orgasmos. Sé que mi máquina de orgasmos está ahí intacta, lista para funcionar, pero se quedará sin funcionar. Porque me da la gana de que no funcione.

    Me encanta pasar horas revolcándome de deseos en la cama, desnuda, mordiendo la almohada, arañando las sábanas, sudando frío. ¡Me siento tal exclusiva!

    Ya no me estoy vistiendo solamente de viejita. Volví a mis minifaldas y mis tacones. Los tíos me celebran y me lanzan piropos en la calle. Y me divierte andar de minifalda con mi cinturón de castidad debajo… Me gusta la sensación paradójica. La pinta de viejita es sólo una opción. Me excita andar así y cada vez que me dicen un piropo, sobre todo si es encendido, siento una convulsión entre las piernas. ¡Me encanta!

    ¿Estoy loca? Puede ser. Pero es una locura deliciosa. No quiero ser cuerda ni normal. Quiero ser una anormal, una defectuosa, una chiflada. Me gusta.

    Me he reconciliado con el llanto porque ya no me entra sin control. Sé dominarme para no romper a llorar delante de la gente. Lo reservo para cuando estoy viendo vídeos pornos en mi habitación, enardecida y frenética de ganas de hombre. Sé que puedo llegar a paroxismos cada vez más intensos de ansiedad sexual, sin descontrolarme. Deliberadamente me quito el cinturón de castidad para estar segura de que puedo controlarme con mi sola fuerza de voluntad. El cinturón no es para asegurarme de no tocarme sino porque su sensación me excita y porque es el símbolo de mi represión sexual total.

    Quiero saber si puedo llevar esta vida de mujer sexualmente reprimida sin perturbar el resto de la vida social. Estudiar, trabajar, tener amistades, salir a divertirme, bailar, pasear, ir a la playa, esas cosas que hace la gente. Todo menos follar y tocarme. Cada día que pasa me temo que sí puedo y me temo porque me da literalmente terror la idea de pasarme la vida entera si una sola noche con un tío que me reviente las trompas de Falopio. Pero al mismo tiempo me fascina ese terror.

    Me miro desnuda ante el espejo y me fascina ser virgen. Me divierte. Me siento maravillosa. Y me dan ganas de no follar nunca en toda mi vida. Voy a ser una mujer magnífica. He podido ver de cerca a una pareja follando en vivo, de verdad, no un vídeo, no una foto, sino de verdad. Y me encanta. Los admiro, me quedo arrobada, extasiada, embelesada. Pero lo que más me gusta de todo es que yo no, que nunca haré eso, que nunca gozaré eso. Que lo que yo sentiría penetrada por un hombre siga siendo un misterio que nunca descubriré. Porque del orgasmo sólo conozco la experiencia superficial de frotar mi clítoris, pero no lo que se siente estimulando mi vagina, que por lo visto se quedará sin sentir un pene erecto. La pareja que folla para mí me invita a participar, a meterme en la cama con ellos, me tientan y por supuesto que sé todo lo que gozaría o más: no sé siquiera todo lo que gozaría pero sí que sería grandioso y me fascina negarme, quedarme apartada, relegada, olvidada, porque cuando están en su trifulca enloquecidos de deseos se olvidan de mí totalmente, que es lo que quiero, quedarme apartada, arrinconada, desechada, reprimida, viviendo intensamente la sujeción total de mi impulso sexual. Mientras más ansiosa me siento más quiero mantenerme reprimida, excluida de esa delicia. Me encanta verla agitarse, gritar, clavar las uñas a su compañero, me encanta su suspiro cuando la penetra, me encanta verlo menearse para enloquecerla de placer, contemplo atolondrada cómo se desean, cómo se acarician, como la pone en cuatro patas y la tira del cabello mientras la penetra, algo que la excita muchísimo, y cómo me encanta no estar en eso, no haber hecho eso nunca y saber que no lo haré jamás. Hay un espejo frente al lugar donde puse el sillón donde estuve sentada contemplando aquel portento, y el contraste entre la pareja de desenfrenados desnudos sudorosos enloquecidos de placer con la joven vestida de viejita que los contemplaba quemándose por dentro era admirable. Ellos meneándose y sintiendo placeres que nunca he sentido ni sentiré pero que no puedo sino suponer estruendosos y que yo gozaría tanto como ellos. Ellos dos gozaban su sexualidad desatada pero yo gozaba verme sentadita de lo más circunspecta, recatada, formalita, contensísima de mantenerme apartada y de lo más seriecita mirando aquel portento de gozadera sexual. Eran un par de animales que se mordían, se arañaban, se apretujaban, jadeaban, gemían, gritaban obscenidades.

    —¡Coño, qué rico me estás follando mi machote!

    Primero pusieron algunos vídeos para excitarse, luego comenzaron a acariciarse hasta que se acaloraron lo suficiente para comenzar la función. Y yo, por supuesto, me iba acalorando también y al final sudaba tanto como ella, pero sentadita como la señorita reprimida que soy y quiero ser toda mi vida. Sufrí, ¡por supuesto que sufrí! Entre mis piernas sentía hervir el deseo desaforado de hacer lo que la chica hacía. Pero estaba fascinada conmigo misma de poder mantenerme tranquila como si nada.

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    Me miraba como estas chicas:

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    Y el contraste con lo que pasaba delante de mí era fascinante.

    virgenloquita@hotmail.com