@virgenmorbosa
Virgen y morbosa
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2016-06-01 07:21:41
    dominacionmachista

    ¿Es justo castigar a mi mujer por votar a un partido contrario al mio?

    Casualmente hace poco charlaba con las mujeres que forman parte de un exclusivo grupo de colaboradoras de Dominación Machista acerca de la conveniencia de eliminar el derecho del voto para la mujer, así que en lugar de responder directamente si es correcto castigarla o no por votar en contra de tu partido prefiero que leas opiniones de mujeres con respecto al voto como derecho de la mujer.

    Pamela:yo creo que si, sino lo hiciera seria complicado, ya que creo que una mujer sola si necesitaría de ese derecho para ver por el bien de ella y su familia (madre, hermanas, hijos según sea el caso), pero estando con un hombre, el seguro sabría que es lo mejor para ambos, y la decision obviamente dependería de él y el tener mas votos a favor de lo que necesitan o lo que les agrada mas, seria mas conveniente.

    @xconcordiax:De acuerdo con Pamela.La participación política debe ser opcional. En México existe algo llamado “cuotas de género”… Es decir, las instituciones deben contar con X cantidad de mujeres activas… Y me parece una tontería, porque honestamente… No cualquier mujer tiene lo necesario para participar de estas actividades, a consecuencia muchas de las ocupantes de aquellos puestos son tremendamente incompetentes pues acaban ocupando puestos ganados por favores íntimos a los hombres de la institución. Cada mujer que rellena un lugar porque necesitan cumplir cuotas de género y realmente no es capaz o no está preparada es un despilfarro de impuestos (pagados por personas que si trabajan de verdad, y seguramente gran parte de ellos son hombres con responsabilidades reales). Y estos sujetos que malgastan presupuesto gubernamental dando vacantes a mujeres incompetentes deberían mejor ser realmente responsables y si quieren mujeres, ganarlas y costearlo con su sueldo, no con recursos públicos.

    Un conocido socialista argumenta que las cuotas de género sirven para obligar a las mujeres a participar de decisiones importantes… Mi pregunta es, ¿quién les dijo que quiero participar? La mujer que quiera, que lo haga, pero las que preferimos atender otros asuntos, que no nos molesten.

    Si dejaran a las mujeres competir equitativamente, habría algunas mujeres capaces haciendo un buen papel, no que ahora tenemos muchas mujeres poco capaces ocupando puestos que podrían ser mejor aprovechados.

    Personalmente, yo no voto, lo hice una o dos veces. Incluso estudié Ciencia Política, pero eso no es para mi, es un paquetón de estrés y complicaciones que no considero que me enriquezcan. Prefiero no quebrarme la cabeza, y mejor ocuparme de apoyar a mi novio y (en su momento) atender el hogar y los niños.

    Lamento haber escrito tanto, es solo que me molesta mucho que los movimientos “pro igualdad” acaben estropeando el orden natural de las cosas.

    “Dulce Ch: Creo q debe votar con el permiso y sobre todo la guía y el consejo de su marido habemos muchas mujeres q poco sabemos de política como en mi caso mi ultimo voto le pedí a mi tío q m aconsejara el sabe mucho .esa es mi opinión

    Dulce Sol:Debe votar para apoyar la decisión de su marido, ya que las cuestiones políticas corresponden a la idea de familia y sociedad q el promueve… por lo general, las parejas votan en acuerdo.

    @liviaacela82 que la mujer no deberia de votar, aqui en mexico esta ultima eleccion yo no vote y gano el peor de los candidatos en gran parte creo que fue porque muchas mujeres botaron por el y fue mas porque su esposa es una actriz de novelas y porque esta guapo, pero resulto ser el peor de los presidentes que hemos tenido por eso creo que esas decisiones de politica deben de ser tomadas solo por los Hombres y nosotras no meternos en esas cosas.

    Mariel de @esposa-domesticada Por supuesto, creo que este asunto depende de cada realidad. Desde la posición que adopta cada persona en su vida de relación (Hombre-mujer o mujer-Hombre) hasta el sistema legal de cada pas. 

    Por ejemplo, en Argentina el voto es obligatorio, por lo tanto las mujeres también debemos concurrir a votar. En nuestro caso dependerá entonces de lo que se viva en cada hogar, en cada matrimonio o pareja (uso "pareja” refiriéndome al noviazgo o convivencia entre Hombre y mujer, como se usa convencionalmente.. y no porque crea que la relación es precisamente pareja desde el momento en que acepto y promuevo la superioridad masculina) En lo personal, mi deseo es poder votar a conciencia y afortunadamente mi esposo me lo permite. Por supuesto que hablamos del tema previamente y al menos hasta ahora siempre hemos coincidido. Tal vez algún día no sea así, pero aún en ese caso y sólo en este aspecto, mi marido me ha dicho que respetará lo que yo decida. La política para él es algo muy importante y promueve que todas las personas tomemos una posición, sea la que sea… Pero a pesar de esta gran libertad que él me da, no me opondría en lo absoluto (aún resignando mis ideas al respecto) si él me ordenase votar por uno u otro candidato. O llegado el caso, para votar en blanco. Me dolería, pero lo obedecería sin discusión y por supuesto, sin traicionar su autoridad satisfaciendo mis deseos en el “cuarto oscuro” donde él no puede controlarme. Sé cuales son mis obligaciones para con él y no me atrevería a contradecirlo aún cuando él no puede ejercer su control sobre mí. 

    En fin, por eso digo que depende de cada “pareja” y de las formas de organización de cada país, aunque en última instancia queda dependiendo de los valores en los que cada cual cree y defiende. 

    Si el hombre decide que su mujer no vote, no votará (o en el caso como aquí en que el voto es obligatorio, la mujer votará en blanco o votará por quien le indique su esposo)

    Si es como en mi caso, lo saludable es tener conversaciones previas para que nuestro hombre sepa hacia dónde orientamos nuestras preferencias. Puede ocurrir que si no le agradan nos censure la posibilidad de votar o nos diga por quién hacerlo. O como el caso de mi esposo que en este sentido me da (hasta el momento al menos) la libertad para elegir mi opción (incluso me da la oportunidad de resignar voluntariamente a hacerlo o a elegir y hacerlo por quien él me indique).

    Laura: La mujer puede tener derecho a votar pero para poder hacerlo debe obtener el permiso del hombre y es el quien debe decir como y por quien. la mujeres no nos mandamos solas.

    Creado el 26/01/2016

    virgenmorbosa
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    Esto último me impresionó: «Las mujeres no nos mandamos solas». En mi caso es certísimo, aunque no tengo marido ni lo tendré. Soy célibe, decidí vivir sin pareja y sin relaciones sexuales, así que el problema de obedecer o no a un hombre no se me plantea.

    Pero sí el problema de votar o no. La falta de alivio sexual me produce muchos e intensos trastornos emocionales y obviamente no tengo el raciocinio para votar por esta opción o aquélla. Yo también votaría por un candidato sólo porque es guapo, llevada sólo por mi lujuria, porque ser una reprimida no ha hecho sino intensificar mi lujuria. Por eso he decidido que debo abstenerme de votar y no sólo del sexo.

    Y abstenerme de varias cosas más. Tengo fortuna suficiente para no tener que ganarme la vida, de modo que puedo abstenerme también de hacer labores que impliquen tomar decisiones que mi perturbación emocional pueda distorsionar. Suficiente problema tengo ya en mis relaciones sociales cuando la envidia me lleva a detestar a una chica que disfruta su sexualidad, por ejemplo. Sólo verla me causa rabia porque sé que está saciada sexualmente. O que una rabieta pueda llevarme a resolver algo que perjudique a alguien. Puedo eventualmente actuar contra una persona, perjudicarla, calumniarla, no sé por dónde me inclinará mi neurosis.

    Porque me he vuelto neurótica, tengo arrebatos, rabietas, accesos de llanto, insomnios, migrañas, no logro concentrarme sino en tareas sencillas de mucama, que es el único oficio que estoy desempeñando, para ser útil en algo a mis semejantes. Trabajo de doméstica en casa de amigos, de mi familia y he tenido trabajos temporales como camarera y cocinera en un restaurante. Me siento a gusto en labores de criada y mientras me limite a ellas no puedo causar daño por mis trastornos temperamentales. En este oficio mis sufrimientos no afectan a nadie más que a mí misma. Y además disfruto mucho el trabajo de doncella, tanto como gozo mi virginidad.

    Es el acomodo que he hallado para que mi represión sexual no cause problemas más que los trastornos que me ocasiona a mí sola, sin fastidiar a nadie más que a mí. Si paso una noche sin dormir, llorando porque vi a mis amigos follando y ni siquiera me masturbo, bueno, es asunto mío. Si un día no puedo trabajar porque una migraña devastadora, causada por mi abstinencia, me abate, no perjudico a nadie. Asunto de la virgen loquita.

    Mis amigos son indulgentes con mis faltas, con mis perturbaciones laborales, si se me quema la comida, si no limpio bien, si me pongo contestona. Me tienen paciencia, saben que la abstinencia total y perpetua me produce angustias que a su vez no me permiten ser la doméstica ideal. De todos modos les salgo gratis y si me porto mal me aman y me consienten porque saben a qué se deben mis fallas. Han aprendido a convivir y tolerar a una mujer reprimida. De todos modos mis neurosis no les hacen daño. Cuando tienen algo que reclamarme lo hacen con respeto y gentileza. No me exigen más de lo que puedo dar.

    Así que ya no votaré más ni participaré en decisiones que puedan afectar a nadie.

    Voy aprendiendo a vivir con mi abstinencia y los desajustes que produce en mi carácter.

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    Confianza

    Cada día tengo más confianza en mí misma de no sucumbir a la necesidad de apareamiento. Ya sé que viviré siempre sin el menor alivio sexual, no sólo me tengo confianza sino que cada vez me siento menos atemorizada ante la perspectiva de pasarme la vida sin ese consuelo que tanta falta me hace.

    Cada vez tengo más seguridad en mí misma, firmeza, decisión, certeza de permanecer virgen y casta para siempre, siempre, siempre. No concibo siquiera la posibilidad de entregarme a un hombre ni a tocarme para apaciguar mi creciente ansiedad.

    He aprendido a capear los temporales de deseos que me entran de tanto mirar a mis amistades copulando, a mis amigas masturbándose mientras yo permanezco reprimida. Cada día disfruto más el contraste de estar por igual deseosa y reprimida. Ya los embates de deseos no me amilanan ni acobardan. Es más: cada día lloro menos. Me desespera, me atormenta no juntarme con nadie, pero no me intimida.

    Sé muy bien lo que estoy haciendo con esta acumulación de tensión y apremio. La valoro como algo supremo, excelso, sublime. Cada día me siento más orgullosa y erguida en mi abstinencia total y perpetua. Cada día estoy más convencida de que esa delicia jamás ni nunca será para mí.

    Y cada día me siento más cómoda en mi oficio de criada, todo el tiempo con mi uniforme de mucama y descalza, afanada, diligente, servicial, servil, en mis labores de empleada doméstica.

    Quiero vivir humillada y sin orgasmos.

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    Mientras más miro parejas follando más distante se me hace el sexo, más misterioso, más incomprensible.

    Me desesperan los deseos y anoche la pasé casi entera llorando de ganas luego de mirar a los señores de la casa follar en el sofá, hincada de pura reverencia ante lo admirable y desconocido. Les excita verme en esa actitud, sobre todo si estoy llorando, porque significa que me están haciendo rechinar de deseos. Algo muy intenso estarían sintiendo a juzgar por sus suspiros y gestos de placer. No sabré nunca lo que se siente follando porque nunca he follado y nunca follaré. Me encanta no saber… Y tampoco me masturbaré porque quiero acumular pasión, ardor, histeria… Y ser una pobre doncella reprimida. Doncella por virgen y doncella por mucama.

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    Sirvienta

    Siempre dejo preparado algo para la noche, por si llegan de madrugada con hambre. Dejo la mesa servida y sólo queda calentar la comida.

    A veces me llaman del burdel para limpiar, pero no me gusta cuando me llaman por la mañana, cuando ya no hay acción… ¡Yo quiero ver! Me gusta trabajar de sirvienta pero también me gusta ver la acción… Me gusta el ambiente del burdel, esa desfachatez, esa libertad total. Casi siempre me ponen a limpiar baños. Y a tender las camas luego de la acción. Ya la gente me conoce, incluyendo la clientela, y saben que quiero ver, por eso me dejan circular con libertad por todos lados donde hay parejas copulando. Les excita una mucama virgen y reprimida mirando todo.

    Algunos me pagan como a las putas… Puta virgen, eso les excita, qué risa.

    jjunymuustardd

    Guy Bourdin.

    virgenmorbosa

    Una de las cosas que más me arrebatan de mi castidad es cuando como sirvienta me toca asistir a una chica a engalanarse para conseguir quien se la folle. La visto, la acicalo, la maquillo, la perfumo, mojándome sólo con la idea de que encontrará quien la quiera revolcar. Le sirvo de choferesa esperándola pacientemente fuera del local de ligue, vestida de mucama. El varón me ignora como se ignora a la servidumbre, además, mis uniformes son bien poco inspiradores.

    Y la espero impaciente, inquieta. Y es la gloria cuando al fin llegan y los veo revolcándose luego de servirles tragos o una cena, apartada, ignorada, despreciada.

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    Me arrebata ver cómo él le va quitando las ropas que le puse, le deshace el peinado que le hice y el maquillaje que le apliqué ilusionada con su éxito con algún varón. Y verlo entusiasmado con la belleza de la chica, con la que humildemente contribuí. Eso me excita sobremanera. Lo hago todo con mucho amor, sin envidia, sin rencor por no poder gozar como ella. Más bien me llena de alegría verla gozar lo que me tengo vedado para siempre jamás.

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    Cuando los veo al fin follando me derrito de alegría y amor por los dos. Y cuando al fin estallan en orgasmos yo también estallo de regocijo, arrebatada de contento por haber contribuido a ese placer.

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    Las chicas quedan agradecidas y quieren siempre que las acicale porque dicen que les doy suerte con los varones. Y me atribuyen sus fracasos, me vituperan, me insultan… En fin, prefiero cargar yo con la responsabilidad del fracaso con tal de que su autoestima no se empañe. Pero eso no me hace perder la ilusión de ayudar al placer ajeno, que es mi placer porque gozo mucho viendo a otros gozar lo que nunca sentiré.

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    Me esmero con los detalles, calculando efectos. A veces yo misma hago los trajes, elijo los tacones, la ropa interior bien inspiradora de incitaciones y provocaciones. Cuando el hombre le quita la ropa interior, esa última defensa de la mujer, siento un tremendo escalofrío en todo mi cuerpo, como si me la quitase a mí. Y cuando la penetra siento que simbólicamente me penetra a mí también, aunque sé que nunca ni jamás me pasará porque estoy decidida a que no pase porque resolví que mi vida no es de placer sino de servidumbre.

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    Y si el hombre hace gozar mucho a mi amiga me pongo histérica de deseos y de alegría. Y entonces casi siempre paso la noche entera sufriendo y llorando desesperada de deseos.

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    Me encanta ser chacha de libertinas que gozan mucho en la cama, las adoro, las admiro, me llena de gloria servirles de criada para ayudarlas a gozar más de lo que ya gozan. Me hace muy feliz ser su sirvienta aunque me haga sufrir verlas gozar.

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    Mientras más desvergonzadas son más amo servirlas. Amo a las mujeres descaradas, desfachatadas, depravadas, ociosas, lúbricas, que se animan a cualquier cosa, que no se contentan con la cópula rutinaria, que buscan más, que no se sacian fácilmente.

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    Las que se excitan con cosquillas, por ejemplo. Me gusta servirlas porque son las que gozan más y más me despiertan los deseos reprimidos. Mientras más locas mejor. A veces no vienen con un hombre sino con dos. O con una pareja. O con una mujer. Y si no logran ligar a nadie no les importa porque se lanzan a masturbarse delante de mí, desquiciadas de ardor. ¡Las amo! Tengo varias amigas así…

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    Al día siguiente si estamos solas, mientras le sirvo el desayuno, comentamos lo que hicieron, cómo se lo levantó, qué le gustó más que le hiciera. O sus decepciones, si el tipo es rutinario o padece eyaculación precoz o no la excita bien y la penetra antes de estar bien excitada.

    —Tuviste pocos orgasmos anoche, creo ese tío no te encendió mucho.

    —No, me quiso gozar antes de tiempo. En fin, al final lo dejé porque me di cuenta de que no valía la pena ponerme de mal humor.

    —Por eso te masturbaste después —le digo—. Me encanta verte masturbarte pero no porque un tío te folla mal. Me pone triste ver que te tocas con rabia. Me excitó verte gozar, pero no tanto como otras veces. Detesto cuando gozan mal a mis amigas. Me encanta cuando te goza X* porque te hace gritar…

    —Sí, X* me saca unos orgasmos como para publicarlos en los noticieros.

    —Ese tío me encanta porque te folla como te gusta. Ése sí me pone a llorar de deseos.

    —Loca, eres una loca de no querer follar. ¿Cómo puedes preferir pasar la noche llorando de ganas?

    —Sí, soy una loquita… Mi placer es el placer ajeno. Gozo mucho viendo a la gente gozar. Es maravilloso. El tío de anoche era tan aburrido que me fui a dormir ¡y me dormí! Tan poco excitada estaba que me dormí. No me puedo quedar para servirte el almuerzo, me levanté temprano para preparártelo porque tengo que ir a casa de los Y*, que tienen fiesta esta noche.

    —¿Con orgía?

    —No sé, ojalá porque me encantan las orgías.

    —Lloras como una Magdalena en las orgías.

    —¿Cómo no voy a llorar viendo todo eso sin participar?

    —No participas por gilipollas.

    —Sí, pero no lo voy a discutir, no lo entenderías. Yo me entiendo a mi manera, aunque a veces me pregunto por qué hago esto, sólo sé que es una decisión firme y definitiva. No voy a copular ni masturbarme nunca en toda mi vida. No sé por qué pero así lo decidí y cada día soy más firme con mi castidad.

    —Está bien, no discutamos. ¿Ya te vas?

    —No, todavía no.

    —Bueno entonces busca en mi bolso un vídeo que compré anoche, para masturbarme rico.

    —¡Sí, amiga! Sabes cuánto me gusta verte masturbándote.

    —Y mira tú también el vídeo, para que sufras.

    —Malvada, de verdad sufro viendo esas cosas. Tú gozas y yo lloro. Si supieras la felicidad que me causa verte saciada después.

    —Yo sé, ¿por qué crees que me voy a masturbar delante de ti? Parece un vídeo bueno, vi un trozo en la tienda y se ve bien excitante. Vas a llorar, te lo aseguro. Ponlo.

    —Sí, ya.

    Sexólogo

    Me vi con uno. Le expuse mi opción de vida y me dijo algo así como que corría el riesgo de volverme loca —él usó otra palabra que no recuerdo… Añadió que podía sufrir desórdenes emocionales diversos e imprevisibles. Hizo el elogio del placer sexual, como si yo no supiera que es un placer magnífico y grandioso. En fin, no me entendió.

    No lo culpo porque mi opción de castidad no la entiendo ni yo… Sólo sé que es una firme y definitiva convicción, cada día más firme e imperturbable. Igual que ser sirvienta.

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    No puedo decir que es un placer mirar a la gente gozando su sexualidad a sus anchas mientras yo permanezco al margen, excluida y frustrada bajo mi uniforme de mucama y descalza. No me quito ese uniforme, me encanta que me vean así, incluso en la calle. Me llena de orgullo que todos sepan que soy una doméstica. No quiero ejercer otro oficio que el de criada.

    El sexólogo quiso examinar hasta qué punto yo me mantenía reprimida porque no me gusta el sexo. ¡Vamos! No entendió que yo le dijese que más bien me gusta mucho, me atrae mucho, lo envidio mucho, que no hay nada que me guste más.

    ¡Me muero de envidia al ver a mis amigas orgasmo tras orgasmo y haciendo de todo! Pero no les tengo rabia, por supuesto que no. Mi envidia es de otra naturaleza. Me dan rabietas, escalofríos, estados de frenesí, mareos, histerias, dolores de cabeza, insomnios, impaciencia, agitación, crisis de llanto que me atacan en cualquier momento, súbitamente, en fin… Transformo mi formidable energía erótica, acumulada, en energía para trabajar duro como doméstica, labor que me esmero en perfeccionar cada día más. He tomado cursos de trabajo doméstico, de cocina, de limpieza, de modales de sirvienta, etc. Mis patrones —en realidad son mis amistades, pero han asumido el rol de patrones— me exigen pero al mismo tiempo agradecen mis afanes, aprecian verme sudando y luego caer extenuada. Cuando me atacan los insomnios me levanto a seguir afanada.

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    No me importa la advertencia del sexólogo sobre mi salud mental. Si he de volverme una amargada, una trastornada, una solterona resentida, una desequilibrada, venga, estoy dispuesta a ello. No me pierdo esta apasionante aventura ni por todos los orgasmos del mundo. Casi puedo decir que no conozco el orgasmo porque el único modo que lo he sentido no ha sido con placer sino con desesperación y más como remedio a mi frenesí erótico que como verdadero deleite. Fueron orgasmos sin placer, aunque parezca paradójico, porque fueron con rabia y con arrebato, sólo para aliviar una comezón, como quien se pone una pomada para calmar una irritación. De modo que casi puedo decir que no sé bien lo que es un orgasmo disfrutado plenamente. Ya no me masturbaré más nunca. En lugar de ese alivio estúpido quiero acumular tiempo sin ese consuelo. Paso horas y días alterada y sacudida de deseos. Del acto sexual sólo vivo el deseo, intensamente, de ahí no paso, ahí me quedo varada, encallada, atascada, sin paliativo ni descanso a mi trastorno.

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    ¿Me voy a volver loca? Sea. ¿Me voy a volver una mujer amargada y desconsolada? Sea. ¿Seré una solterona resentida? Sea. ¿Seré víctima de burlas y risas? Sea. Será parte de mi elección definitiva, porque después de todos estos meses en este ejercicio desquiciado de mirar gente copulando de mil maneras sin participar, estoy segura y sólida en mi castidad elegida y conservada, atarantada, azorada, sobresaltada, irritada, llorando desesperada de deseos que no me permito aplacar.

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    Mi madre y mi tía me apoyan firmemente. Están entusiasmadas con mi afán de castidad impura y morbosa. Porque es castidad impura, estoy intacta pero no puedo decir que soy una virgen inocente porque he visto mucho sexo como para pretender que soy ni cándida ni ingenua. Sé demasiado, soy una mujer casta pero depravada. Mi imaginación vive delirando sexo y más sexo. Las imágenes de parejas fornicando desfilan por mi mente sin cesar, rebuscadas, retorcidas. Puedo estar muy concentrada en mis labores de chacha, pero no dejo de sufrir los embates de esas imágenes, sean reales o imaginarias. Los deseos de copular me mantienen abrumada, vivo batallando con unas ganas horribles de masturbarme, pero el cinturón de castidad que mi madre me mantiene puesto me lo impide. Ella guarda la llave, celosamente. Voy tres veces o más a la semana a su casa a asearme, cosa que hace ella misma y con agua bien fría, para evitar mi alivio. Mi tía por su parte me invita a sus encuentros con uno o más amantes. La gente exhibe sus delicias eróticas para mí, a sabiendas de que eso me trastorna y me angustia. Follar delante de una reprimida vitalicia es un aderezo que enriquece sus placeres.

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    Me fascina la certeza de pasar mi vida sin gozar ninguna de esas prácticas deliciosas. Pero lo que más me embelesa es que no sé ni sabré jamás en qué consiste ese placer que mis amigas gozan estando penetradas revolcándose desnudas con un macho desnudo.

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    Se me hace agua la boca ver a una chica saboreando a un hombre. Tampoco sé ni sabré lo que es sentir un miembro viril duro en mi boca y luego saborear el jugo al final.

    Me encanta también que un hombre me magree manoseándome por todos lados, besándome, hasta dejarme desquiciada y luego tener que verlo follándose a una amiga mía mientras me quedo trémula y desbordada de deseos, llorando de rodillas al pie de la cama donde ellos gozan lo que jamás ni nunca gozaré. Y luego verlos saciados, distendidos, satisfechos.

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    Me encanta permanecer como esta chica, mirando apartada lo que nunca sentiré ni remotamente. Mientras más deseo gozar eso más encarnizada me vuelvo en negarme esos manjares.

    virgenmorbosa

    Otro fin de semana mirando y envidiando esto y participando sólo como sirvienta…

    Mientras me deslomo como sirvienta mis amistades gozan y gozan a mi alrededor…

    Y yo nada más barriendo, fregando, cocinando… Y mirando, mirando y mirando…

    Tendiendo las camas para que mis amistades gocen mientras yo me mantengo excluida, apartada, fregando pisos de rodillas.

    Ando afanada y atareada por toda la casa mirando y mirando mientras hago mis labores de empleada doméstica. Y atormentada por mi cinturón de castidad… Sin poder siquiera tocarme para aliviar mi tensión… Ni un orgasmo una sola vez en toda mi vida.

    Todo eso por supuesto me atormenta y desespera, a menudo histérica de deseos que no puedo aliviar, pero es así como quiero vivir toda mi vida… Sin poder gozar esto jamás:

    Doncella

    No, no me canso de sufrir viendo estas delicias, que admiro tanto más por cuanto ya sé que nunca, nunca, nunca las voy a gozar ni una sola vez en mi vida.

    Ni tampoco me canso de extenuarme doblegada trabajando bien duro de chacha para quienes follan delante de mí. El agotamiento más bien me ayuda a luchar contra la lujuria. Cualquiera que me lee pensará que tal vez preferiría que me follaran en lugar de lavar inodoros, por ejemplo. ¡Claro que sería mucho más placentero! No soy tan mentecata como para no saberlo. No conozco ni conoceré esas delicias porque nunca me han follado, ni me follarán, pero los deseos que me atosigan al verlos follando me gritan que gozaría mucho revolcándome desnuda penetrada por un hombre. Verles disfrutar esas hermosuras y luego la lasitud que les entra ya saciados me grita que yo también gozaría eso como ellos.

    He llorado mucho sexualmente reprimida como vivo. Y sé que lloraré mucho por eso toda mi vida. Vivo ansiosa, ávida de sexo y más sexo. O de al menos masturbarme mirándoles follar y follar. O después cuando me voy sola a mi camita de sirvienta, enloquecida de ganas. Pero ése es mi estado natural, vivir ansiosa y enardecida.

    Pero mientras más ansiosa me siento más fuerzas me dan para resistir los deseos, más orgullosa me siento de permanecer reprimida para siempre.

    Lloro mucho, a menudo me entran accesos súbitos de llanto, a veces incluso sin estar demasiado ansiosa. Así nomás me viene el llanto. Lloro incluso mirándolos, arrebujada en mi sillón mirándolos y admirándolos gozando indiferentes a mi llanto. A veces caigo de rodillas delante de ellos, en adoración.

    ¿Qué hago cuando miro todo eso? Nada. No hago nada, no puedo ni debo hacer nada, aparte de llorar, claro. Pero me encanta ponerme al borde de la angustia porque significa que estoy definitivamente excluida de esos deleites fastuosos y estupendos. Mientras más angustiada me siento por la locura que me embarga mirándoles y admirándoles follar más fortaleza me entra de mantenerme al margen, marginada, excluida, relegada, ignorada. Y para siempre, siempre, siempre. Más valiosa me siento de saber resistir mi desquiciada apetencia carnal. Más dichosa me siento de ser virgen y casta. Mientras más angustiada me siento más quiero permanecer intacta y sin saciar mi agitación.

    Las más curiosas son las mujeres, que saben lo que se goza sintiéndose penetradas. Son las que menos entienden mi determinación de negarme lo que ellas disfrutan tanto. Algunas, para provocarme, se masturban delante de mí, como si no les bastara lo que gozaron ya con eso dentro. A la mayoría le gusta verme agobiada de deseos, de rodillas delante de ellos, temblando, tiritando, sudando, retorciéndome, viéndome atribulada por no poder saciar mis ganas de hacer lo mismo.

    Algunos hombres me besan y acarician, me magrean y quieren que «al menos» los complazca con la boca.

    —Estoy enloquecida de ganas de hacerlo —les explico—, pero no lo voy a hacer. Magréame más, todo lo que quieras, vuélveme loca, para que veas que cuánto aguanto. Para que veas que esto es muy serio para mí.

    Entonces van y se follan a una chica para saciar su propia excitación. Claro que siento unas ganas furiosas de sentir a un hombre en mi boca, pero mi decisión es cada día más firme.

    Ya sólo me visto de sirvienta y descalza (cuando no estoy en la calle). Me fascina sentirme mucama, chacha, doncella, criada, camarera, cocinera, doméstica. Me inscribí incluso en una asociación de sirvientas. Me encantó matricular mi oficio de empleada del hogar. Me encanta llamarme doncella, con el doble sentido de sirvienta y de virgen.

    Me embelesa mirarme en los espejos con mi uniforme de chacha, por eso no me lo quito y siempre llevo mi delantal, porque me arrebata que me vean ataviada así por la calle. A mis amigos les hechiza verme con ese uniforme y afanada en labores de doncella. Por eso jamás me quito ese atuendo. Gozan ellos y gozo yo. Ya que no gozo del sexo al menos gozo eso otro.

    Y no es sólo el atavío y las labores sino los modales serviles, doblar las rodillas, bajar la mirada, hablar bajito y con reverencia. Porque si me tomo en serio mi castidad también me tomo en serio me oficio de criada. Mantengo en orden y limpio todo pulcramente y me avergüenza mucho cuando me regañan por algo que hice mal. No pocas veces me hacen levantar de noche para servir una comida o limpiar algo. Después de meses de servidumbre mis amistades se acostumbraron a tratarme como su empleada. Y como los hombres no esperan sexo de mí sólo, esperan que les sirva como chacha. De todos modos no les ofrezco más que eso.

    Todo esto me hace muy feliz.